viernes, 6 de julio de 2012

La era de los pioneros - George Méliés - Román Gubern


Si tuviéramos que resumir la compleja aportación de Georges Méliés al arte del cine, difícilmente encontraríamos palabras más justas que las utilizadas para encabezar su catálogo americano de 1903. Decían así: «Georges Méliés ha sido la primera persona que ha realizado películas cinematográficas con escenas artificialmente preparadas y mediante esta innovación ha dado nueva vida a un comercio agonizante. Ha sido también el creador de películas con temas fantásticos o mágicos y sus obras han sido imitadas después, sin éxito, en todos los países.»
En efecto, si Edison fue quien primero impresionó una pelí­cula cinematográfica y los Lumiére quienes hicieron posible su proyección sobre un lienzo, a Méliés le cupo el mérito de crear con ello una nueva forma de espectáculo popular, incorporando al cine la puesta en escena de origen teatral. Es cierto que este peso teatral —el lastre del «teatro filmado»— gravitará todavía durante bastantes años sobre el cine francés, llegando a ser fu­nesto, pero no hay que olvidar que su saludable y generosa in­yección de fantasía abrió amplísimas perspectivas a un invento que, en manos de los Lumiére, estaba pereciendo por su cortedad imaginativa y escasez de repertorio, que le alejaban del interés de las masas una vez satisfecha su curiosidad inicial. Méliés se enfrentó con el cine con la misma inquietud que un niño ante un juguete nuevo y complicado. Exploró sus entrañas, descubrió muchos de sus secretos y experimentó largamente con sus fasci­nantes recursos, creando una colección de joyas cinematográficas repletas de ingenio y espontaneidad y arrancando al cine del punto muerto artístico y comercial en que se hallaba sumido.
Los Lumiére, científicos de severa estirpe positivista, habían hecho nacer al cine como aparato reproductor de la realidad, ig­norando que, más allá de sus sobrias escenas documentales, po­día caber un mundo de dislocada fantasía. Al realismo y natura­lidad del aire libre, Méliés opuso la elaboración artificiosa del estudio, la puesta en escena teatral y el trucaje de ilusionista. He aquí los dos polos antitéticos entre los que se moverá en ade­lante toda la historia del cine: realismo y fantasía. Entre estos dos caminos radicalmente opuestos cabía una síntesis, una sim­biosis superadora. Fruto del encuentro entre el naturalismo de Lumiére y la imaginación creadora de Méliés nacerá en otras la­titudes, como superación dialéctica, una nueva y prometedora forma expresiva.
Estamos viviendo, todavía, la protohistoria de un arte.







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